Cuidados del anturio: que vuelva a florecer (y no se quede en hojas)

Anturio rojo (Anthurium andraeanum) sano en maceta, con la espata roja y el espádice amarillo.

Lo compraste con una flor roja tan perfecta que parecía de cera. Aguantó semanas, puede que meses. Luego se fue poniendo verde, se marchitó y, desde entonces, tu anturio solo te da hojas y más hojas. Y ya empiezas a sospechar que lo has estropeado.

No te has cargado nada. Tu anturio está perfectamente sano; lo que pasa es que no le has dado el motivo para volver a florecer. Y de paso te adelanto algo: esa flor que tanto echas de menos nunca fue, técnicamente, una flor. Pero vamos por partes, porque aquí en España esta planta tiene además un enemigo silencioso que casi ninguna guía te cuenta —el agua de tu grifo—, y de él depende que no se te ponga marrón por las puntas.

Esta guía de cuidados del anturio va de las dos cosas que de verdad importan en una casa española: que vuelva a sacar esa flor y que el agua dura no le tueste las hojas.

Eso rojo no es una flor (y no viene del Amazonas)

Empecemos por el malentendido más universal de esta planta. Eso rojo —o rosa, o blanco, o casi negro según la variedad— que tú llamas «la flor» no es una flor: es una espata, una hoja modificada que ha cambiado de color y de textura para llamar la atención. Las flores de verdad son esos puntitos minúsculos y apretados que recubren el «rabito» central, esa espiga que sale del medio y que se llama espádice. Ahí están, decenas de flores diminutas y nada vistosas. Y este montaje de espata y espádice no es exclusivo del anturio: lo calca su pariente más común en los salones, el espatifilo —la «cuna de Moisés» de vela blanca—, donde esa supuesta flor tampoco es una flor.

Parece un tecnicismo, pero tiene una consecuencia muy práctica: cuando alguien dice que «se le ha caído la flor», lo que casi siempre ha pasado es que la espata ha cumplido su ciclo (dura semanas o meses, pero no es eterna) y se ha retirado. La planta no está enferma ni se está muriendo. Está esperando a tener condiciones para sacar la siguiente.

Y ya que estamos rompiendo mitos, va otro de propina, este geográfico. Vas a leer mil veces que el anturio «es del Amazonas» o «de la selva tropical» a secas. Hilando fino, el anturio de salón más común —el Anthurium andraeanum, ojo a la grafía, que medio internet lo escribe mal como «andreanum»— es originario sobre todo de las montañas tropicales de Colombia y Ecuador. No es un dato para presumir en una cena: te dice cómo quiere vivir. Viene de un sitio cálido, húmedo y con la luz filtrada por las copas de los árboles. Ni desierto, ni alféizar a pleno sol castellano.

Detalle de la flor del anturio: la espata roja y el espádice amarillo central, donde están las flores de verdad

Por qué tu anturio no vuelve a florecer

Aquí está la sección por la que probablemente has llegado. Tu anturio vive, echa hojas, pero no hay manera de que vuelva a sacar la espata. Las causas, por orden de importancia real:

Le falta luz. Es, con diferencia, el motivo número uno. El anturio sobrevive en un rincón oscuro —por eso aguanta tanto en las oficinas—, pero sobrevivir y florecer no son lo mismo. Sin luz suficiente echa hoja tras hoja y se olvida de la flor. Necesita luz indirecta pero abundante, de la que entra todo el día por una ventana con visillo. Si tu planta está en un rincón apartado de la ventana, ahí tienes al culpable. Una pista que lo confirma: si los tallos de las hojas le salen muy largos y estirados, como buscando algo, te está pidiendo luz a gritos.

Le sobra nitrógeno y le falta fósforo. Los abonos «para plantas verdes» van cargados de nitrógeno, que empuja hoja y más hoja. Para flor necesita fósforo. Si lo abonas, usa un fertilizante con buena dosis de fósforo (en el bote es el número del medio), a media concentración, y solo en primavera y verano. El anturio se quema con facilidad si te pasas, así que mejor flojo y a menudo que fuerte y de golpe.

La maceta le viene grande. Contra toda intuición, el anturio florece mejor algo apretado en su tiesto. Si lo cambias a una maceta enorme «para que crezca a gusto», la planta dedica toda su energía a llenar de raíces ese espacio y aparca la flor para más adelante. Trasplántalo solo cuando de verdad se le salgan las raíces, y a un tiesto apenas un dedo más grande.

Es invierno. De noviembre a febrero, más o menos, el anturio entra en una especie de reposo: crece poco y florece menos o nada. Es normal, no es un fallo tuyo. En esos meses riega menos y no te obsesiones con la flor; el empujón llega con la primavera.

Resumiendo el arreglo: muévelo a un sitio con mucha luz indirecta, abónalo con fósforo en temporada, no lo cambies a una maceta gigante y dale tiempo. Si haces las cuatro cosas, la espata vuelve.

El agua, el enemigo que no veías venir

Y ahora el problema que en España hace estragos y que casi ninguna guía traducida del inglés menciona: el agua del grifo.

Qué agua. El anturio es sensible al cloro, al flúor y, sobre todo, a la cal del agua dura. ¿El resultado? Las puntas y los bordes de las hojas se le ponen marrones y secos, porque las sales que no puede aprovechar se le van acumulando en los tejidos. Y aquí es donde España juega en su contra: en buena parte del país —toda la costa de Levante, Barcelona, Baleares, gran parte de Andalucía, Aragón, las dos Castillas— el agua es dura o muy dura. Si vives en una de esas zonas y tu anturio tiene las puntas tostadas, ya sabes por dónde van los tiros. (Si estás en Madrid, Galicia o el Pirineo tienes suerte: ahí el agua es blanda y este problema casi no existe.)

Hojas de anturio con las puntas y los bordes marrones y secos por la cal del agua dura

Le pasa exactamente lo mismo a la calathea, y por eso allí le dedicamos una explicación a fondo de por qué dejar el agua reposando en una jarra no arregla gran cosa: quita el cloro, sí, pero ni la cal ni el flúor, que son los que de verdad le hacen daño. Para el anturio, ve al grano: si tu agua es dura, riégalo con agua de lluvia, filtrada o de ósmosis. La planta lo va a notar en las puntas.

Cuánto. Aquí conviene saber un detalle de su biología. Muchos anturios crecen en la naturaleza agarrados a los troncos de los árboles, como hacen las orquídeas, más que enterrados en el suelo. Sus raíces están hechas para tener aire, no para vivir en barro empapado. Traducido a tu salón: el exceso de agua lo mata mucho antes que la sequía. Riégalo bien, deja que escurra del todo y no vuelvas a regar hasta que la capa de arriba de la tierra se haya secado. Nada de tenerlo con los pies en remojo en un plato lleno de agua: eso es pudrición de raíz casi asegurada.

Dónde ponerlo: luz, calor y humedad

Ya hemos dicho que quiere mucha luz indirecta para florecer. Lo que no quiere es sol directo dándole en la hoja, porque se la quema y le salen manchas. El sitio ideal es junto a una ventana luminosa con un visillo de por medio, o a un metro de una ventana despejada.

De temperatura es bastante de salón español: está cómodo entre los 18 y los 28 grados. Lo que no perdona es el frío —por debajo de 12-15 grados lo pasa mal— ni los cambios bruscos. Así que ni balcón en invierno ni, en verano, justo debajo del chorro del aire acondicionado. Y lo mismo con el radiador: el aire caliente y reseco le tuesta las puntas.

¿Humedad? Le gusta alta, en torno al 50-60% o más, pero aquí te traigo una buena noticia. El anturio no es una calathea. Sus hojas son más gruesas y algo cerosas, así que aguanta el aire seco de un piso español mucho mejor que las marantas finas y dramáticas. No necesitas montarle un balneario. Si quieres echarle una mano en pleno invierno con la calefacción a tope, agrúpalo con otras plantas o ponle debajo un plato con guijarros y un dedo de agua (sin que la maceta toque el agua). Pulverizarle las hojas a diario, que es lo que recomienda todo el mundo, sirve de bien poco: el vapor se evapora en minutos y, con agua dura, encima le va dejando la cal pegada en la hoja.

Sustrato y maceta

El anturio quiere un sustrato suelto y aireado, que retenga algo de humedad pero que drene rápido. Una mezcla que le va bien es sustrato para plantas de interior con un buen puñado de algo que abra huecos de aire —corteza de pino, fibra de coco, perlita— para que las raíces respiren. Lo que no le va es la tierra de jardín compacta, que se apelmaza y le ahoga las raíces.

La maceta, ya lo dijimos, mejor justa que holgada, y siempre, siempre con agujeros de drenaje. Si la tienes dentro de un macetero decorativo de esos sin agujero, sácala para regar y no la devuelvas hasta que haya escurrido del todo.

Problemas, hoja a hoja

Casi todo lo que le pasa al anturio se lee en las hojas. Los más comunes:

Puntas y bordes marrones y secos. El clásico español. Casi siempre es la cal del agua dura acumulándose, a veces sumada al aire demasiado seco. Cambia a agua de lluvia o filtrada y aleja la planta del radiador y del aire acondicionado.

Hojas amarillas. Lo más habitual es exceso de riego: si las hojas amarillean y la tierra está siempre húmeda, estás regando de más y te arriesgas a la pudrición de raíz. Espacia los riegos. Si el amarilleo es general y la planta lleva mucho sin comer, también puede estar pidiéndote abono.

Anturio con hojas amarillas por exceso de riego

La flor sale verde o descolorida. A veces la espata nueva asoma verdosa o pálida en vez de roja intensa. Suele ser falta de luz, o que ha florecido a destiempo (en pleno invierno, por ejemplo). Con más luz, la siguiente sale con su color de siempre.

Manchas marrones en mitad de la hoja. Ojo, que esto es distinto de las puntas. Si las manchas están en el centro y no en el borde, sospecha de sol directo quemando o de un hongo. Quítala del sol y comprueba que no la estés regando por encima, mojándole las hojas.

Bichos. El aire caliente y seco del invierno le abre la puerta a la araña roja, a la que ese ambiente le encanta. Revisa el envés de las hojas: si ves telillas finas o puntitos moviéndose, actúa pronto. La cochinilla (esos algodoncillos blancos en las axilas de las hojas) es la otra visita habitual.

Cómo multiplicarlo

La forma más fácil y fiable de tener un anturio nuevo es por división de la mata. Cuando la planta ha crecido y ha hecho varios brotes con sus propias raíces, aprovecha un trasplante para separar con cuidado uno de esos hijuelos, asegurándote de que se lleva un buen pellizco de raíces, y plántalo en su maceta. Listo: tienes dos.

División de un anturio en el trasplante: un hijuelo separado con sus raíces fibrosas

Por semillas también se puede, pero olvídate salvo que te sobren paciencia y tiempo: es lento y caprichoso, y desde luego no es plan de un domingo por la tarde.

¿Es tóxico?

Sí, el anturio es tóxico, y conviene saberlo sin dramatizar. Como el poto, la monstera y la zamioculca —todos primos de la misma familia, las aráceas—, el anturio lleva por dentro unos cristales diminutos de oxalato de calcio. No es un veneno mortal; es más bien un mecanismo de defensa irritante: si un gato, un perro o un niño muerde una hoja, esos cristales le pinchan la boca y la garganta y le provocan ardor, babeo, hinchazón y, a veces, vómitos. Desagradable, pero rara vez grave, porque el propio escozor hace que lo escupan enseguida. La ASPCA lo tiene catalogado como tóxico para perros y gatos por este motivo. Que no todas las tóxicas de interior van por la misma vía: el ficus elástica también lo es, pero por el látex de su savia y no por el oxalato de las aráceas.

Aun así, ponlo donde no llegue la mascota curiosa ni el peque, y lávate las manos después de podarlo, que la savia también puede irritar la piel y los ojos. Y si alguien le hinca el diente, en España tienes el Instituto Nacional de Toxicología en el 91 562 04 20, que atiende las 24 horas todos los días del año.

En resumen

Si te vas a olvidar de todo menos de una cosa, que sea esta: el anturio no se cuida igual que cuentan por internet en inglés. En una casa española, su vida depende de dos cosas. Una, la luz: mucha e indirecta, o no verás flor. Dos, el agua: si es dura, las puntas se le pondrán marrones, así que dale agua de lluvia o filtrada. Lo demás —no encharcarlo, abonarlo con fósforo en primavera, mantenerlo lejos del frío y del aire seco— es el acompañamiento. Y recuerda que esa flor que esperas no es una flor, sino una hoja roja con muy buen marketing.

¿Y si quieres algo menos exigente?

Si después de leer todo esto piensas que el anturio es mucho trajín para una flor que va y viene, te entiendo. No todas las plantas tienen que ser un proyecto. Si lo que buscas es verde que aguante en tu casa sin pedirte agua de lluvia ni que le midas la luz —plantas que perdonan, que están para acompañar y no para que las cuides como a un recién nacido—, hicimos una herramienta justo para eso. Le cuentas cómo es tu casa de verdad en cinco preguntas (la luz que entra, si tienes mascotas, si el aire es seco, cuánto tiempo les vas a dedicar y el tamaño que buscas) y te dice cuáles van contigo. El anturio no aparece ahí, y es a propósito: el selector va de las que sobreviven solas, no de las que compras por una flor y luego dan trabajo. Pásate por el selector y lo ves en un momento.